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Mi relación con el mundo cambió cuando mis senos se encogieron dramáticamente

Nancy Myers Rust (*)

Cuando tenía 10 años y estaba encaramada en el respaldar de nuestro sofá de rayas café, concentrada leyendo un libro, mi madre salió del cuarto de lavado y anunció con voz suave pero decidida que ella y mi padre habían decidido que era el momento para que yo comenzara a usar brasier. La miré con la boca abierta y la calidez aflorando en mis mejillas. ¿Mis padres estaban hablando de mis senos? Ni siquiera había hablado sobre mis senos todavía —con nadie— y solo estaban hablando de mis “niñas” como si fueran la lista del super o la cuenta del gas.

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Yo antes del embarazo

Esa breve plática junto al sofá fue un momento crucial para mí, pero también sé que es un camino por el cual cada mujer debe transitar en algún momento. Ya sea de la mano de un hombre adulto o por la amable voz de una insistente madre, es el momento en que las mujeres aprenden algo crucial sobre sus cuerpos: algo que pensamos que era privado, de hecho, es bastante público. Algo que pensamos que pertenecía solo a nosotros evidentemente pertenece a todos.

Cuando era estudiante de segundo de secundaria recuerdo estar parada en un probador con mi hermana mayor y pedirle que aflojara los tirantes del bra que me estaba probando. “Ajusta los broches”, le dije. Asegúrate de que estén lo más flojos posible. Pero no importaba lo que hiciéramos, no podía lograr que el bra copa D encajara. Aguantándome las lágrimas salí corriendo del probador, rechazando todas las ofertas de tamaños más grandes. De todos modos no quería ninguno.

Cuando era adolescente, todo fue muy irritante. No sabía que mis senos estaban llenos de un grupo de terminaciones nerviosas en el pezón que existían para brindarme placer sexual y ayudarme a relacionarme con los futuros hijos y amamantarlos. Lo único que sabía, incluso si no podría haberlo expresado ese día en el probador, era que estaba me estaba acercando mucho a tener “demasiado”. Sabía que las reglas de lo socialmente “deseable” eran estrictas. Mis senos deberían ser grandes, pero no demasiado grandes. Y el resto de mí, mi cintura, caderas, muslos y especialmente mi voz, deberían ser pequeños. Estaba empujando los límites con mis pechos rebeldes y un tamaño de copa más significaría que habría ido demasiado lejos.

“¡Qué buenas tetas!”

La voz vino de la ventana abierta de un auto que pasaba en el sur de California. Era mi segundo año en prepa y salí a dar una vuelta con una amiga. El comentario fue seguido por un silbido largo y bajo y el sonido del claxon del coche cuando los dos hombres que estaban adentro me miraron antes de irse rápidamente. Como mis senos eran DD y mi amiga apenas B, era obvio para ambas a quién dirigieron el mensaje. Sentí que mis mejillas comenzaron a calentarse y miré decididamente hacia adelante. Mi amiga puso sus manos sobre sus senos y dijo, en un tono amargo y melancólico a la vez, en un intento por aligerar el momento: “¡Bueno, definitivamente no estaban hablándome a mí!” Nos reímos torpemente y seguimos caminando.

No fue la primera o la última vez que debido a mis tetas me tocó escuchar esos comentarios y silbidos, abucheos y miradas no deseados y desagradables de desconocidos y, en ocasiones, de amigos y familiares. Muchas de las mujeres que estaban cerca de mí en momentos como esos también harían sus propios comentarios, dejándome claro que se suponía que debía considerarme la afortunada. Yo era deseada. No tenía la cara más bonita ni las caderas más pronunciadas, pero estaba bien equipada. Sin mis senos ya no entendía mi cuerpo y el espacio que ocupaba en el mundo.

Tenía el boleto ganador, un arma secreta que podía usar si alguna vez me sentía poco atractiva o poco interesante. Los ojos me seguían en el super, por la calle y en el pasillo mientras caminaba a tomar mi clase de precálculo. Mis enormes senos llamaron la atención tanto de los niños en la escuela como de los diáconos en la iglesia, y comprendí, siempre, que se suponía que debía estar contenta. Los hombres me notaban. Los hombres querían algo que yo tenía. Me hicieron sentir poderosa y seductora. Fuerte y marcadamente femenina.

Sin embargo, al mismo tiempo, también me dejaron obscena y profundamente avergonzada. Por mucho que quisiera que me notaran, a menudo fantaseaba sobre cómo sería cortarme los senos y acabar con ellos. La disonancia cognitiva provocada por estos sentimientos de deleite y disgusto simultáneos fue siempre un doble vínculo.


Cuando tenía 32 años y estaba lista para dejar de amamantar a mi hijo menor, esperaba ansiosamente el regreso de mi “cuerpo anterior al embarazo”. Eso es, después de todo, lo que prometen todas las revistas. Supuse, como hacen la mayoría de las mujeres cuando dejan de amamantar, que mis senos “volverían a la normalidad”. Y retrocedieron a la normalidad… y siguieron reduciéndose. Como una maldita tortuga atrapada en su caparazón parecían estar retrocediendo hacia mi cuerpo. Mis senos, que una vez habían llenado una copa DD hasta el punto de desbordarse, ahora no los llenaban del todo.

Me recuperé lo suficientemente pronto. Después de todo, todavía era una copa C abundante. Compré bras más pequeños y seguí feliz mi camino, pero en un año perdí otro tamaño de copa. Lo hablé con mi médico en mi cita anual, ansioso por descubrir la fuente de mi contracción. Escuchó atentamente, me examinó y formuló todas las preguntas correctas, pero al final sacudió la cabeza y se encogió de hombros. En total, pasé de una copa DD a una B en menos de tres años. La nota del cuadro de mi revisión anual de ese año dice: “Atrofia mamaria. Causa desconocida”.


Cuando finalmente entendí el hecho de que mis senos no iban a volver a crecer y que probablemente me quedaría con estos pechos con forma de copa B en el futuro previsible, mis sentimientos iniciales fueron de alivio. Pude encontrar camisas que encajaban con botones que no explotaban. Ya no tuve que conformarme con dos bras deportivos para un entrenamiento. Además de su irritante derrota por la gravedad posterior a la gestación descubrí que prefería mis senos más pequeños y menos complicados.

Pero esto es fue lo que también pasó: el sentido cada vez más fuerte que tenía de mi propio acto de desaparición como una futura mujer de mediana edad, el que había notado varios años antes mientras observaba las formas en que veían mi cuerpo en lugares públicos, en comparación con la de mi marido, ahora se agrava aún más. Mi relación con mis senos estaba cambiando y también mi relación con el mundo que me rodeaba. Ya no provocaba que las cabezas voltearan hacia mí cuando entraba a una habitación. Ya no necesitaba girar los hombros e inclinar la espalda en un esfuerzo por minimizar mi abundancia al caminar sola por la noche.

Uno pensaría que esto sería liberador y lo fue, pero si mis senos ya no se notaban, dándome una falsa sensación de feminidad y poder, ¿para qué servían? Porque sin mi característica más notable descubrí que sentía que ya no llamaba la atención. Si las dos únicas opciones disponibles para mí eran ser deseada por mis senos o no deseada en lo absoluto, parecía que de cualquier forma iba a perder.


El año pasado decidí que ya estaba cansada de usar sostenes incómodos: con aro, gel, push up, lo que fuera. Terminé con la inquietud de explorar y el deseo implacable de liberarme de las ataduras de mi sostén todo el día, todos los días. Ya estaba cansada de tratar de que mis senos se vieran más grandes. Recorrí la sección de sostenes sin alambres, preocupada por mi decisión, sabiendo que sin los aros y el relleno todo el mundo sabría mi tamaño real. Sabía, mentalmente al menos, que ya no quería conspirar en mi propio proceso de desempoderamiento, pero también sabía que estaría diciéndole adiós a los últimos vestigios de atención que mis senos aún me daban.

Finalmente decidí hacerlo. Compré los sostenes y no miré hacia atrás. Compré los sostenes porque descubrí algo que desearía haber sabido cuando tenía 11 años. Compré los sostenes porque finalmente descubrí la respuesta a la pregunta: ¿para quién son estas cosas?

Los senos son para mí. Son puertas al placer, impregnados de innumerables terminaciones nerviosas que me aportan satisfacción sexual. Son conductos de nutrición con los que solía alimentar a mis dos hijos. Son suaves, lisos y encantadores, y son un Imago Dei, una imagen de Dios, tanto cuando eran grandes como ahora pequeños. Lo más importante es que son míos. Y tengo que decidir qué hacer con ellos.

(*) tomado de www.huffingtonpost.com.mx

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